domingo, 8 de julio de 2012

LOS OPERADORES PEDAGÓGICOS Y LA UNIVERSIDAD (I)


Durante mi estadía en Londres como invitada a un festival de poesía, recibí, en mi correo personal, el siguiente mensaje de un tal Pedro García: “oe perra de mierda porque me jalas si yo tambien hize trabajo final de creatividad payasa TODO PORQUE ME TIENES COLERA” (sic). Por cierto, no tengo ningún alumno con ese nombre, pero sí he dictado ese curso en una universidad particular ubicada en Surco. Hace buen tiempo que estaba pensando en escribir una columna como esta, pues muchas cosas me han hecho reflexionar últimamente sobre mi trabajo como docente. Así, este e-mail me llegó para confirmarme —demasiado feamente— muchas ideas que tengo sobre la enseñanza universitaria en estos tiempos que corren. 

Mi primera pregunta es con qué clase de estudiantes estamos tratando; es decir, de qué manera la universidad está seleccionando a sus candidatos, porque, si el examen de conocimientos ha sido superado hace buen tiempo como prueba de ingreso, entonces, ¿qué valor se le da al área psicológica y de maduración emocional de estos alumnos? Por otro lado, el hecho de que yo sea mujer es un factor que también se debe tener en cuenta para medir el tamaño de la agresión, lo cual, por supuesto, nos sigue diciendo mucho acerca de los discursos masculinos que subyacen en nuestra sociedad.

Las universidades, por diferentes motivos, aunque generalmente es el mercado el que viene rigiendo también este ámbito, han ido construyendo un perfil que dice querer adaptarse al estudiante de hoy, pero me pregunto de dónde sacaron ese modelo, y si eso es lo que hay que darle a los chicos, sobre todo en este país, en el cual la educación es la última rueda del coche —¿o se basan en diagnósticos foráneos?—. Un estudiante aprende de mil maneras, y uno puede, si quiere, hacer uso de muchos recursos como el audio, el video, la Internet, etc., pero sacrificar los contenidos solo porque la clase debe ser “más entretenida” no creo que nos esté llevando a ningún buen puerto. En muchas universidades, los alumnos ya no conocen sus bibliotecas, y la palabra investigación es algo de lo cual jamás han oído hablar e incluso les saca ronchas a muchos. Ahora tienen que asimilar conocimientos con base en planteamientos didácticos dictados por un grupo de pedagogos, que, desde mi particular visión, solo ahondan la distancia que desde hace buen tiempo hay entre el colegio y la universidad, en el sentido que yo entiendo esta última: como espacio de discusión, creación e investigación. 

De esta manera, nos estamos convirtiendo en simples operadores pedagógicos, es decir, sujetos capaces de transmitir un conocimiento digerido, inventores de toda especie de PowerPoints maravillosos y artísticos que los alumnos ven como su salvación antes de ir a un examen y, aunque muchas veces me parece necesario apuntar dos o tres ideas en ellos, usarlos como suplemento del propio trabajo de investigación que un alumno debe hacer es hacerse cómplice de un sistema que los sigue manteniendo en la superficialidad y que, pocas veces, explora su sentido crítico. Obviamente, no puedo generalizar, pues he tenido alumnos maravillosos, interesados, inteligentes y sensibles en todos los lugares en los que he enseñado, aunque en algunos más que en otros, y por ellos es que también escribo esta columna.


Debo decir que no soy pedagoga, pero, la verdad, es que buena parte de lo que sé lo aprendí en las cafeterías, con los amigos, en la biblioteca, o en ciertas conversaciones de los maestros fuera del aula, pero eso queda para una siguiente entrega. 












Esta columna fue publicada en el Semanario Siete el domingo 8 de julio de 2012.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada