domingo, 16 de septiembre de 2012

AY BRYCE, BRYCE


El premio que acaba de recibir Alfredo Bryce en la FIL Guadalajara sabe amargo. Nos pasamos repitiéndoles a los alumnos que el “plagio” es un delito que se sanciona incluso con la separación de la institución en la que estudia, y ahora se ha premiado a un autor sobre el que recae la sombra del plagio. Bryce no es un autor cualquiera, es un referente cultural para muchos jóvenes. La fiesta por su premio queda trunca, en la punta de la lengua.

Desde el momento en que se descubrió el copy & paste y luego de la resolución del Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) en 2009, jamás ha asumido su responsabilidad ni mucho menos pedido disculpas, y, peor aun, después de la entrega del premio ha dado declaraciones en las que afirma cínicamente que ha quedado libre de polvo y paja, y que solo hay gente que no lo quiere, como si la vida púbica de un escritor se resumiera en “hay gente que me odia”. Que en este país todo se pueda tergiversar con la facilidad obscena de una llamada de teléfono o de un abogado bien curtido y relacionado no quiere decir que aquellos que tenemos dos dedos de frente no sepamos que todas esas denuncias y la sentencia de Indecopi sean verdaderas. En una entrevista que le hace G. Pajares en Perú 21, ese año dice: “El plagio, como decía Borges, es incluso un homenaje. Borges le plagió a medio mundo. Yo no siento haber plagiado a nadie. El texto de Willy Niño es un trocito así (y, con los dedos, marca unos tres centímetros), el resto es mío”.

Recuerdo que, por menos de ese “trocito”, Fernando Iwasaki tuvo que dejar su trabajo y su país e irse a vivir fuera. Lo recuerdo vivamente, porque todos nos arremolinamos alrededor de un panel en el que se encontraba la prueba del delito: su texto al lado del texto plagiado. Vivíamos una época altamente politizada, y su caída tuvo algo que ver con eso. Esto me impactó profundamente, pues yo recién había ingresado a la universidad y él era mi profesor de Historia Universal. Ahora, ante la incredulidad de muchos, después de más de veinte años de ese incidente en la rotonda de Letras de la Universidad Católica, un escritor peruano acusado de plagio en el ejercicio de su trabajo recibe un premio muy importante, premio que han ganado, entre otros, escritores como Fernando Vallejo, Nicanor Parra, Julio Ramón Ribeyro, Olga Orozco, Juan Gelman. Ay, Bryce, Bryce, ¿por qué has envilecido el único artefacto que nos ha permitido a muchos sobrevivir al dolor y la muerte? Me parece un deshonor que se premie a un escritor que sostiene su defensa a través de la cultura de la criollada. Estamos cansados de la viveza en este país. Estamos cansados de los palomillas que asaltan las veredas con una ética sospechosa disfrazada de humor y que se venden al mundo como representantes de la literatura nacional. Bryce no ha entendido que el ejercicio de la literatura es político, no delincuencial.

Si Bryce fue el escritor de Un mundo para Julius y de algunos otros cuentos y libros entrañables (realmente entrañables como Con Jimmy, en Paracas o Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tin), hace tiempo que dejó de serlo. Su cinismo mató lo que su amor por la literatura le hizo escribir cuando yo ni siquiera había nacido y aun algunos años después de que naciera, y que todavía guardo en mi sonrojado corazón juvenil.

domingo, 2 de septiembre de 2012

OSWALDO REYNOSO: EN BUSCA DE LA SONRISA MILENARIA

Oswaldo Reynoso es un escritor, un viejo escritor educado en las ideas socialistas, como fueron educados mi abuelo y mis padres. Ya ha pasado la barrera de los 80 años, y su literatura sigue tan fresca y vital que produce una sana envidia leerlo. Felizmente también es un amigo. Es un personaje de las ferias del libro, y, siempre que nos encontramos, nos saludamos con un abrazo.

Desde que publicara Los inocentes (relatos de collera), en 1961, en una preciosa edición de La Rama Florida —ahora con muchísimas reediciones—, ha sido, sin lugar a dudas, el preferido de los jóvenes, por esa prosa tan humana, tan tierna y cálida, pero sobre todo tan empática con las nuevas generaciones, y, mientras él va ganando en años, sus adeptos le van cediendo la posta a otros más jóvenes. Todo esto lo ha convertido en uno de los escasísimos autores cuyos personajes lo buscan para invitarle “una cervecita, profe”. Y no se hace el remilgoso, se la toma de una y se sienta en los bares del Centro de Lima y tumba a todos.


Desde que lo conocí, a finales de la década de 1990, siempre ha sido el mismo, un buda de cabellos blancos lanzados al viento, un gran monologante de sus aventuras, ocurridas sobre todo en China, en el Hotel de la Amistad de Pekín. ¿Sería verdad todo aquello que contaba? Aquellos platillos increíbles o aquellas persecuciones políticas y literarias con su cuota de intriga. Ahora sé que eso poco importa. Mucho de aquello está en sus libros, en sus inolvidables prosas y sus relatos. Como habla bastante, también tiene detractores, pero digan lo que digan es un maestro de la prosa. No he leído a otro narrador peruano que tenga una escritura tan poderosa y que, al mismo tiempo, te hable de la vida, de la justicia social, de la lucha y la desesperanza de convertirse en “hombre” en los barrios del Perú.

Acaba de publicar En busca de la sonrisa encontrada (Cascahuesos, 2012), un texto que explora otra vez, en esa “limpia moral de la piel”, como la ha llamado el autor, esa búsqueda de amor, belleza y justicia en un territorio que se niega a encontrarla en sus propios habitantes. Así, a través de viajes a diferentes ciudades del Perú, a través de bares, a través de cuerpos jóvenes, el narrador, cada vez más cercano a la poesía, encuentra belleza en los jóvenes de las clases pauperizadas, en la clase trabajadora que suda, y establece un nuevo romance con esos cuerpos marginalizados por nuestra sociedad; un romance que está más allá del puro hedonismo, que reclama la expresión directa de esa sonrisa, el estallido de un paisaje que tratamos de ocultar por medio del maquillaje o al voltearle la cara a los humillados de este país.

Oswaldo, el profe, el narrador de textos imprescindibles como El escarabajo y el hombre, Los eunucos inmortales, En busca de Aladino y El goce de la piel —sus textos más nombrados—, tiene 80 años, una edad suficiente para que un ser humano pueda liberarse de las infames ataduras terrenales de la censura más ramplona, exponga su propio sentir y exprese una moral del amor socialista de mayor vanguardia: más allá de los géneros, pero sin dejar de lado la demanda de justicia social. Me gusta este libro por su lectura de la poesía y el deseo. Como diría nuestro hermoso crepúsculo, Martín Adán: “No quiero ser feliz con permiso de la policía”. Así es, Oswaldito.



Esta columna fue publicada hoy  domingo 2 de setiembre en el Semanario Siete

domingo, 19 de agosto de 2012

TIEMPO PASADO: A 20 AÑOS DE LA CANTUTA Y MÁS DE ACCOMARCA


Hace un año, una alumna me preguntó por qué debía saber sobre hechos ocurridos durante la guerra interna en el Perú, adujo que no era su época, que eran asuntos pasados, que ellos no eran responsables por esos hechos. Bien, la cosa es cómo sensibilizar a estas almas –que, por cierto, son muchas– sobre crímenes ocurridos durante el siglo pasado. Supongo que debe haber sido una de las preguntas que se hicieron los miembros de la CVR. Su respuesta a ello es el gran archivo de testimonios e historia que ha construido la Comisión, valioso para nosotros los letrados, pero con nulas expectativas de tocar fibras profundas en nuestra comunidad.

A propósito del recuerdo y la memoria, se acaba de inaugurar en la Galería [E] Star (Belén 1042) la muestra “La Cantuta en Nuestra Memoria”, curada por la antropóloga visual y activista Karen Bernedo, en la que se recuerda, a través de piezas de arte y objetos, la cronología del secuestro y asesinato de 9 estudiantes y un profesor de La Cantuta*; estudiantes que hace 20 años podrían haber sido como aquella alumna distanciada cínicamente del pasado. Coincidentemente, esa misma madrugada se conmemoraban 27 años del asesinato de 69 comuneros en la zona de Accomarca (Ayacucho) en el año 1985. El responsable de la masacre*, el mayor Telmo Hurtado, en reciente careo con uno de sus jefes ha dicho: "Yo no tengo nada que inventar. Usualmente, usted y los mandos superiores falseaban información sobre los capturados y eliminados. Apenas informaban el 10% de las bajas".

¿Dónde están esos cuerpos, esas bajas no contabilizadas? Estos crímenes cometidos durante nuestros “gobiernos democráticos” han ocurrido en diferentes espacios y contra diferentes sujetos: un día eran campesinos; otro, estudiantes. Unos por subalternos, otros por políticos. Todos éramos sospechosos. La democracia que practicamos es un régimen hecho de “babas” –como diría mi madre–; un entendimiento entre los que detentan el poder y quienes cada 5 años elegimos a los políticos que no responderán por lo que verdaderamente pensamos que es la democracia, es decir, igualdad ante la justicia, cuidado de la vida, dignidad, respeto por los ciudadanos, derecho a la discrepancia, etc. Por eso, cuando se conmemoran estos crímenes, me molesta sobremanera que aquellos que sobrevivieron a la muerte de sus familiares además tengan que demostrar constantemente que no eran “terroristas”. ¿Por qué si estamos en un estado de derecho, si vivimos en “democracia” debemos “limpiar” a quienes fueron asesinados extrajudicialmente mientras que a los culpables se les rebajan las penas?

Sobrevivimos a un tiempo de guerra, a un tiempo difícil, de convicciones que llegaron al extremo y crímenes horribles, pero también vivimos. Por eso, de esta muestra lo que más me gustó fue la exhibición de los recuerdos, de aquellos objetos que tienen un aire de familia; aquellos que te devuelven a  esos cuerpos secuestrados, cuerpos que jugaron, que se fotografiaron con los amigos. Esos pequeños rituales familiares, esos objetos privados como la trenza de la pequeña Bertila han sido puestos en un espacio relativamente público, porque hay madres, padres, hermanxs que necesitan que nosotrxs, los que estamos de este lado, sepamos que aquellos por los cuales han luchado tienen un nombre, y tuvieron una infancia y una juventud. Conmovedor fue también ver a los familiares presentes hablar entre ellos de los objetos, escucharlos recordar. Su presencia es testimonio vivo de que el amor y la dignidad están más allá de toda una historia de infamias. Desde esta columna, mi admiración y mi hermandad forever

*Sobre el Crimen de La Cantuta, además de Muerte en el Pentagonito de R. Uceda y El crimen de La Cantuta de Efraín Rua, puede ver el documental La Cantuta en la boca del diablo (http://www.youtube.com/watch?v=ciUe_l3hSYI&feature=player_embedded)
* Sobre la Matanza de Accomarca, puede leer el cómic Barbarie de Jesús Cossio y el informe de la CVR.


Esta columna fue publicada el domingo 19 de agosto de 2012 en el Semanario Siete

domingo, 12 de agosto de 2012

JAVIER HERAUD NO ES NINGÚN COJUDO


Esta semana el poeta Rodolfo Hinostroza hizo declaraciones polémicas en el blog NMM (Nosotros Matamos Menos). He leído, a través del Facebook, a mucha gente alabarlo por “ser directo y franco”. Lo siento, pero a mí la entrevista me supo bastante mal por ese tufillo de superioridad contra Renato Sandoval y Ricardo Silva-Santisteban, pero, sobre todo, por su visión simplista de la muerte de Javier Heraud. Hinostroza es un poeta excelente y, particularmente, lo aprecio y he escrito sobre su nouvelle Aprendizaje de la limpieza, pero cuando a nuestro poeta le dan una metralleta se dispara a sí mismo.

Serigrafía de Alfredo Márquez
 Ahora resulta que la vida y la muerte de Javier Heraud se explican por un supuesto “bullying” que sufriera en su etapa escolar. Dice Hinostroza: “Le hacían bullying al pobre Javier. Él es una de las primeras víctimas de bullying en el Perú. En el Markham siempre lo trataban mal, le metían cabe, le metían la mano, yo sé lo que son esas cosas, porque yo he estudiado en el Guadalupe, que era un colegio más bravo”. Es decir, que toda una vida vivida con intensidad, tanto en el campo artístico como en el político, se resume a una palta del “pobre Javier”.

El bullying es un término que ha acuñado la psicología para describir una situación bastante vieja entre los escolares, y que se ha expresado particularmente en los colegios de hombres, pues estos hace solo menos de 20 años definían su masculinidad demostrando ser no-mujeres; por tanto, mostrar cualquier “debilidad” era considerado un gesto de mariquitas. Recordemos nomás La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, donde esta situación se expresa a lo largo de toda la novela: el Esclavo es “el punto” de la clase, el sujeto sobre el que se posan todos los miedos del “hacerse hombre” en un colegio militar. Tanto pánico causa que finalmente es asesinado.

Es muy probable que, al igual que cientos de adolescentes, Heraud haya padecido este hostigamiento, pero ¿esto es suficiente para afirmar que su trágica muerte en Madre de Dios, en 1963, como integrante de la guerrilla se deba a esa herida no sanada a tiempo? Me niego a pensar que el poeta que publicó El río a los 18 años y ganó el premio Poeta Joven del Perú (que no se lo daban a cualquier cojudo) y cuya vida se fue perfilando poco a poco hacia un destino político pudiera responder solo a un tema personal. ¿Por qué querer tapar/esconder el lado político del poeta de El viaje? Como Hinostroza cuenta, Heraud ya sabía para qué iba a Cuba. Según su testimonio, era uno de los pocos que ya se había decidido a tomar las armas. Eran los años sesenta: la Revolución cubana, el Che, las utopías; el mundo se debatía en medio de la guerra fría, y la CIA ponía y sacaba presidentes en América Latina. Un joven sensible como Javier Heraud decidió dejarlo todo: su casa, su posición de clase, pensando en un mundo en que la justicia podía ser posible. El Perú era —es— un país predispuesto para el enfrentamiento, dada la opulenta riqueza de unos pocos y la vergonzante miseria de muchos. Antes de morir, escribió unas líneas a su madre: “Yo hubiese querido vivir para agradecerte lo que has hecho por mí, pero no podría vivir sin servir a mi pueblo y a mi patria. Eso tú bien lo sabes, y tú me criaste honrando y justo, amante de la verdad y de la justicia”.

Pero este es el país de los “vivos”, ¿no?



Esta columna fue publicada hoy domingo 12 de agosto en el Semanario Siete. 

domingo, 22 de julio de 2012

VIGILAR Y CASTIGAR EN EL PERÚ DE HOY (y de ayer)


Los funerales de Atahualpa. Marcel Velaochaga.


El martes 17 de julio se inauguró en la sala Luis Miró Quesada la muestra “Vigilar y castigar: breve historia de la censura del arte en el Perú”, que exhibe trabajos que fueron censurados de distintas maneras durante el último cuarto del siglo pasado. Así, se puede ver, entre otros, la Carpeta Negra, del grupo NN; el Kimono para no olvidar, de Jorge Miyagui; y Los funerales de Atahualpa, de Marcel Velaochaga, cuadro que subvierte el lienzo hecho por Luis Montero en la segunda mitad del siglo XIX. Me imagino a Los funerales expuesto en un espacio solamente dedicado a su exhibición y con una banca en frente para contemplarlo como se debe; es un lienzo tan rico y poderoso que exponerlo entre tanto material (igual de relevante, por supuesto) hace que pierda, de alguna manera, la profundidad y diversidad de su propuesta. Me parece importante que la muestra haya sido inaugurada en el intersticio de la celebración por los veinte años de dos acontecimientos terribles para nuestra historia contemporánea: el coche bomba de la calle Tarata en Miraflores y el secuestro y asesinato de nueve estudiantes y un profesor de la Universidad Enrique Guzmán y Valle-La Cantuta en el año 1992; eventos próximos a un 28 de julio poco promisorio y con sus muertos a cuestas también: César Medina Aguilar, Faustino Silva Sánchez, Paulino García Rojas, Joselito Vásquez Jambo y José Antonio Sánchez Huamán.

El cuadro de Marcel Velaochaga retrata de manera amplia los diversos discursos que se han superpuesto sobre la ficción y el deseo del cuerpo muerto del inca en el Perú. El silencio del inca hace “hablar” a una historia conflictiva y, en general, impune, que se enlaza con otros discursos colonialistas y hegemónicos que se han impuesto en el país a expensas de muchas vidas. Así, por ejemplo, si bien, desde el 16 de julio de 1992, en que explotara un coche bomba en la calle Tarata de Miraflores, muchos no hemos dejado de lamentar y recordar tal hecho; sin embargo, llegar a la verdad en el caso La Cantuta ha demandado una lucha larga y dolorosa por parte de los familiares hasta dar con los cuerpos de las víctimas (en realidad, nómina de huesos- Vallejo, siempre preciso) y el culpable mayor, Alberto Fujimori.


Bertila Lozano, Dora Oyague, Luis Enrique Ortiz Perea, Armando Amaro Cóndor, Robert Édgar Teodoro, Heráclides Pablo Meza, Felipe Flores Chipana, Marcelino Rosales, Juan Gabriel Mariños y el profesor Hugo Muñoz fueron secuestrados aquella madrugada del 18 de julio, llevados a un paraje oscuro, que se denominó La Boca del Diablo, en Huachipa, y allí fueron ejecutados por miembros del Grupo Colina, grupo dirigido por Martin Rivas. Luego fueron desenterrados, incinerados y vueltos a enterrar en la zona de Cieneguilla. La escena que más me impactó a mis veinte años fue el descubrimiento de un manojo de llaves en las fosas comunes de Cieneguilla en el año 1993. Allí, por primera vez, vimos el rostro de una de las mujeres que más ha luchado por encontrar la verdad en este país: la señora Raida Cóndor. Al abrirse el armario de su hijo Armando, el primer grito contra el poder se daba paso. 

Expediente Armando. Alfredo Márquez

Las Fiestas Patrias no se celebran con la obligatoriedad de banderas, monumentos pintados –o no– y libertadores de piedra, sino en la reflexión sobre nuestra historia y la justicia por la que debemos seguir batallando. El arte no es el único espacio de censura: también ha habido cuerpos censurados en este país, cuyo paradero es hasta ahora desconocido. Vaya a ver la muestra y a ve(la)r Los funerales, antes de que lo descuelguen. Vale.










Esta columna fue publicada, con ligeras modificaciones debido al espacio, en el Semanario Siete el 22 de julio de 2012.

domingo, 15 de julio de 2012

LOS OPERADORES PEDAGÓGICOS Y LA UNIVERSIDAD (II)


La columna del domingo pasado nació de una experiencia negativa: un mensaje desolador y amenazante que me envío a mi correo personal un alumno por no gustarle su calificación en una asignatura. Bien, espero que encuentre su solución y firme sanción prontamente en el fuero universitario. Lo que he repetido esta semana es que no creo que se trate de un hecho aislado y de que sí existen condiciones, en algunos espacios más propicios que en otros, para este tipo de reacciones. Por otro lado, también quise subrayar el carácter delictivo del mensaje, es decir, que no se trata de un problema profesorx-alumnx, sino de un problema que, para mí, es un síntoma de estos tiempos.

Hay cosas en el Perú, discursos que se superponen unos a otros y circunstancias que son inevitables de relacionar. Porque si unx joven de 17 o 18 años puede ejecutar tamaña acción, entonces, un presidente puede hacer silencio también, o unos policías hacer uso de su poder para atacar a una familia que quiere enterrar a sus muertos. Vaya, que todo eso me hace pensar, y mucho, en cuestiones que tienen que ver con la ideología y con las prácticas ciudadanas en este país. Hay una corriente bastante fuerte contra el pensamiento de izquierda, y no sin razón, porque —o bien se ha manifestado de manera violenta, o bien se ha posicionado de manera acomodaticia según el poder de turno—. La derecha no ha hecho menos, pero tiene en su ventaja una disciplina y una constancia envidiables, tanto que nos han hecho pensar que la ideología no existe, que la ideología es algo de lo que suelen hablar “aquellos izquierdistas”, pero la ideología está en todo y lo permea: por ejemplo, en nuestras relaciones profesorx-alumnx, y esta es una cara de la universidad que debemos tomar en cuenta de manera atenta.

Imagen de El Roto

La universidad, en general, en este país, ha sufrido grandes cambios en los últimos veinte años —como en la mayor parte de países de América Latina, y, no por nada, nuestros vecinos chilenos exigen educación gratuita y salen a marchar por ella—; sin embargo, estos cambios, a pesar de que han recalado en una relación mucho más horizontal entre profesores y alumnos, además de que muchos más jóvenes pueden acceder al nivel universitario  —lo que antes era bastante reducido y minoritario—, también han traído como consecuencia que los niveles de reflexión y sentido de la universidad se hayan relajado de manera sensible, dando paso a discursos de alto pragmatismo, que insisten en el éxito del individuo. Antes lxs estudiantes de una universidad de prestigio tenían un lugar y una presencia en las marchas nacionales, pero ahora nadie confía en la política. Así, el discurso del éxito y la autoayuda, sumado a ciudadanías diferenciadas, corrupción, espectáculo, falta de ética en la política y en los medios de comunicación, crea un escenario perfecto para que, en ciertos contextos, confluyan individuos cuyo sentido de la vida se manifiesta a través de una relación de patronazgo.

¿Qué rol nos toca a nosotros los docentes frente a estos nuevos escenarios? ¿Ceder ante ellos y convertirnos en meros operadores pedagógicos, o resistir? Son preguntas que me dan vueltas constantemente, pues ceder te hace la vida infinitamente más fácil, sin conflictos ni quejas de los estudiantes; pero de ninguna manera te sientes satisfecho como docente. Resistir es mucho más difícil y, muchas veces, incluso esquizofrénico en espacios que no están preparados para eso.

Por supuesto, este debate da para mucho más que dos columnas en una revista semanal. Es un debate que está por hacerse, así como tantas otras cosas en este país.


Esta columna fue publicada hoy domingo 15 de julio de 2012 en el Semanario Siete (www.siete.pe)

domingo, 8 de julio de 2012

LOS OPERADORES PEDAGÓGICOS Y LA UNIVERSIDAD (I)


Durante mi estadía en Londres como invitada a un festival de poesía, recibí, en mi correo personal, el siguiente mensaje de un tal Pedro García: “oe perra de mierda porque me jalas si yo tambien hize trabajo final de creatividad payasa TODO PORQUE ME TIENES COLERA” (sic). Por cierto, no tengo ningún alumno con ese nombre, pero sí he dictado ese curso en una universidad particular ubicada en Surco. Hace buen tiempo que estaba pensando en escribir una columna como esta, pues muchas cosas me han hecho reflexionar últimamente sobre mi trabajo como docente. Así, este e-mail me llegó para confirmarme —demasiado feamente— muchas ideas que tengo sobre la enseñanza universitaria en estos tiempos que corren. 

Mi primera pregunta es con qué clase de estudiantes estamos tratando; es decir, de qué manera la universidad está seleccionando a sus candidatos, porque, si el examen de conocimientos ha sido superado hace buen tiempo como prueba de ingreso, entonces, ¿qué valor se le da al área psicológica y de maduración emocional de estos alumnos? Por otro lado, el hecho de que yo sea mujer es un factor que también se debe tener en cuenta para medir el tamaño de la agresión, lo cual, por supuesto, nos sigue diciendo mucho acerca de los discursos masculinos que subyacen en nuestra sociedad.

Las universidades, por diferentes motivos, aunque generalmente es el mercado el que viene rigiendo también este ámbito, han ido construyendo un perfil que dice querer adaptarse al estudiante de hoy, pero me pregunto de dónde sacaron ese modelo, y si eso es lo que hay que darle a los chicos, sobre todo en este país, en el cual la educación es la última rueda del coche —¿o se basan en diagnósticos foráneos?—. Un estudiante aprende de mil maneras, y uno puede, si quiere, hacer uso de muchos recursos como el audio, el video, la Internet, etc., pero sacrificar los contenidos solo porque la clase debe ser “más entretenida” no creo que nos esté llevando a ningún buen puerto. En muchas universidades, los alumnos ya no conocen sus bibliotecas, y la palabra investigación es algo de lo cual jamás han oído hablar e incluso les saca ronchas a muchos. Ahora tienen que asimilar conocimientos con base en planteamientos didácticos dictados por un grupo de pedagogos, que, desde mi particular visión, solo ahondan la distancia que desde hace buen tiempo hay entre el colegio y la universidad, en el sentido que yo entiendo esta última: como espacio de discusión, creación e investigación. 

De esta manera, nos estamos convirtiendo en simples operadores pedagógicos, es decir, sujetos capaces de transmitir un conocimiento digerido, inventores de toda especie de PowerPoints maravillosos y artísticos que los alumnos ven como su salvación antes de ir a un examen y, aunque muchas veces me parece necesario apuntar dos o tres ideas en ellos, usarlos como suplemento del propio trabajo de investigación que un alumno debe hacer es hacerse cómplice de un sistema que los sigue manteniendo en la superficialidad y que, pocas veces, explora su sentido crítico. Obviamente, no puedo generalizar, pues he tenido alumnos maravillosos, interesados, inteligentes y sensibles en todos los lugares en los que he enseñado, aunque en algunos más que en otros, y por ellos es que también escribo esta columna.


Debo decir que no soy pedagoga, pero, la verdad, es que buena parte de lo que sé lo aprendí en las cafeterías, con los amigos, en la biblioteca, o en ciertas conversaciones de los maestros fuera del aula, pero eso queda para una siguiente entrega. 












Esta columna fue publicada en el Semanario Siete el domingo 8 de julio de 2012.

domingo, 24 de junio de 2012

2 EN SU KLOAKA


La derecha dura –dura, por necia, por ignorante- tiene un canal subterráeno, Willax, y una alcantarilla infame desde la que hablan -¿hablan?- dos sinuosos personajes de nuestra política, Rafael Rey y José Barba. Estos dos, en la emisión de su programa el 4 de junio pasado, comentaron burdamente el artículo que sobre el grupo poético Kloaka (1982-1984) escribió el periodista Ghiovani Hinojosa en la revista Domingo del diario La República, a propósito de la celebración de los 30 años del grupo en Petroperú.

Por supuesto, el artículo de Hinojosa poco dice de la calidad literaria y/o artística de los miembros del grupo, a saber: Mariela Dreyfus, Róger Santiváñez, Domingo de Ramos, Guillermo Gutiérrez, Edián Novoa, José Velarde, Mary Soto y Enrique Polanco. Con este último, empieza su crónica: “El pintor Enrique Polanco tenía ganas de incendiar el mundo. Se tambaleaba como un poseso por las calles de Lima con una botellita de ron en las manos. Era una tarde de 1982 (...). Por sus venas corrían litros de alcohol”. El periodista resalta la anécota, pero no ha comprendido que se trata de la celebración que el grupo quiere hacer de su propuesta poética y artística, no solo vivencial. Enrique Polanco, así como muchos de sus antiguos miembros, entre ellos, Róger Santiváñez, Mariela Dreyfus o Domingo de Ramos siguen con su labor artística, pintando y escribiendo, pero de esto no hay una sola palabra escrita ni tampoco del contexto violento con el cual convivió el grupo, salvo un poema de Mariela Dreyfus, “Post Coitum” de su primer libro Memorias de Electra.

No es que yo le pida al periodista un tratado literario ni una crítica a la propuesta poética del grupo, pero un artículo plagado de anécdotas provocadoras no dice nada –o dice mucho de mala manera- sobre el legado del grupo a la tradición poética peruana. Por supuesto, no niego que existió una bohemia y un deseo de ruptura, pero eso no define la totalidad de la propuesta. Sin embargo, de esto se aprovecharon Rey y Barba, para lanzar sus comentarios. Así, con desparpajo dicen: “Nadie en el Perú sabía que existía el grupo Kloaka” o citan frases del texto como “A veces comían de un mismo plato”, a lo que ellos agregan: “como las ratas”. El asunto es que a ellos el grupo Kloaka les interesa un pepino, incluso expresan majaderamente no conocerlo. Es una mera excusa para lanzarse contra lo que ellos consideran sus opositores ideológicos, el diaro La República y el presidente de Petroperú, Humberto Campodónico. Lo más espeluznante en este país de infamias es que Petroperú ha cancelado la celebración, con lo cual le da la razón a estos patéticos personajes.


La cosa aquí ya no es si Kloaka, dada su propuesta marginal, debería o no celebrar sus 30 años en un lugar institucional, espacio ideológico del Estado que siempre criticó. Ese es un cantar entre nosotros, aquellos a los que nos interesa verdaderamente la poesía. El punto es si vamos a seguir aceptando calladamente los detritos que la derecha quiere lanzar de manera baja, sin ningún nivel de debate, haciendo escarnio de poetas, cuya constancia y apuesta poética admiro, leo y critico ¿Hasta cuándo vamos a dejar que estos sujetos conviertan en basura cualquier cosa que tocan? Es momento de actuar, a través de la denuncia y la crítica constantes. Es momento de hacer una batalla directa y frontal contra la miseria intelectual en este país. Lo que más me indigna es que estos dos –y otros de cloaca parecida– tengan el poder de imponer su ignominia y su ignorancia sobre directores frágiles y democracias de papel.




Esta columna fue publicada el día de hoy, domingo 24 de junio de 2012 en el Semanario Siete (www.siete.pe)

domingo, 10 de junio de 2012

NOSOTROS LOS PODRIDOS, CONGELADOS E INCENDIARIOS


A mí lo que más me subleva de los problemas que están ocurriendo en Espinar y Cajamarca es que venga una camarilla de políticos y militares a decirnos que todo un pueblo que se ha congregado contra la minería sea un puñado de “revoltosos” y “extremistas radicales”. Déjense de cosas: si de extremismos radicales hablamos, ¿qué mayor radicalidad fría que un Estado no cuide a los suyos y el presidente se vaya a ver un partido de fútbol —perdido ha tiempos— para que nos olvidemos de los muertos en Espinar? ¿Qué más extremismo que se envíe a muchachos al VRAE y se les abandone a su suerte? Ya, pues, no nos sigan contando cuentos que ya estamos demasiado trajinados en esta llamada “democracia” de la República del Perú.

Nuestro presidente es un “amigo” que conoces en el Facebook o a través del Twitter, que, de cuando en cuando, se le ocurre mandar un mensaje para los que usamos estas redes, y para los que no, porque no tienen acceso, aparece en un asentamiento humano inaugurando obras de agua y desagüe como para que nadie diga que discrimina a las gentes del Perú. Otro que ha aprendido a usar las redes e ir a partidos de fútbol cuando el país enardece es el premier Oscar Valdés, quien, para demostrarnos su cultura en este país de incultos, podridos e incendiarios, nos cita al historiador Jorge Basadre. Me quedé pensando cuál de sus citas citables lo definirían: ¿una chacrita, la defensa de sus iguales, o una lluvia de bombardas en el cielo?

Pero volviendo a nuestro presidente. Ahora anda en encuentro cumbre, en Chile; sin embargo, las papas aquí queman, pues, y algo tendrá que responder, digo, porque ¿cómo le hacemos con los muertos semivivos, señor presidente: con la muchacha de Cajamarca que dejaron inconsciente sus policías, o el camarógrafo que desnudaron y golpearon ante nuestros ojos por quitarle una cámara? Si no se ha enterado, ya pasaron las épocas de dictaduras salvajes, aunque aquí todo lo justifican con la defensa de la democracia y el plan económico. ¿Es esa la gran transformación? Vaya, vaya.

Según lo que he venido escuchando en los medios de comunicación, para que la democracia persista en este país, debe caer todo el peso de la ley sobre esos revoltosos. En fin, son las cosas que siempre dicen y escriben nuestros medios de comunicación cada vez más cínicos. Pero, entonces, aquí habrá una masacre, porque no son “unos cuantos”, son muchos, muchísimos los que han tomado las calles de esos lugares. Y, como para agudizar más las contradicciones, los políticos los llaman “manipulables” o “revoltosos” y “radicales”, sujetos concebidos como meros receptores de ideas, como si el sufrido día a día no les confirmara que es justo lo que piden.

En nombre de esta “democracia” del Tercer Mundo, se han cometido muchas injusticias y crímenes. El día que la democracia sea, por fin, una palabra amplia y justa, y la ley no sea un mero yugo que se impone solo a quien conviene, nosotros, los incendiarios, podridos y congelados —o como quieran llamarnos—, seguramente dejaremos de escribir sobre estos asuntos. Antes de que eso ocurra, será bastante difícil que suceda, porque lo que ellos —los de arriba— llaman “diálogo”, en medio de un estado de emergencia y un alcalde en prisión, yo lo conozco con otros términos: imposición y amedrentamiento. Dudosa semántica la de los poderosos.

Nuestro "amigo" del twitter

domingo, 27 de mayo de 2012

CÓMO OBTENER UNA VISA Y NO MORIR EN EL INTENTO


Cada vez que entro a una embajada o consulado, suelo ponerme nerviosa y me sudan las manos. Odio pedir visas, llenar papeles, demostrar por los cuatro costados que soy una ciudadana ejemplar, elegible y que no iré a hacerme ilegal en otro país. Odio hacer todo eso, pero lo he hecho más de una vez. A decir verdad, seguramente, unas veinte veces hasta el día de hoy. Hoy también me tocó ir a otra embajada, y sigo viva.

Desde que hace 11 años viajara como estudiante a los Estados Unidos, una vida de visas me ha perseguido como a muchos de mis compañerxs peruanxs: renovarla, cambiarla, cuidarla como el oro. Cada vez que tenía que ir a la embajada en Lima, me resistía hasta el último momento. Sabía —como todos sabemos— que ese trámite implica una suerte de humillación para todos los que estamos en este lado del planeta. Por supuesto, todos los que estamos de este lado no somos iguales, para muchos, sus ingresos son inseguros y precarios, y las diferencias de clase bastante profundas. Además, después de septiembre 11 de 2001, el Perú no está entre los países con “mayor reputación”, debido a nuestro periodo de guerra interna, que se actualiza cada cierto tiempo.

La gente sufre horriblemente dentro de la embajada. No solo es la espera de casi dos horas, sino, también, la angustia de que quizá pierdas el dinero que pagaste (en la embajada norteamericana no lo devuelven, sí en las europeas que he conocido) o, tal vez, la única esperanza que te quedaba de salir de la estrechez y la pobreza. La negativa puede causar llanto o incluso depresión, en cambio, obtenerla, provoca más de una sonrisa y, comúnmente, el reconocimiento de muchos. Hay que celebrar, entonces, la prueba de que, por fin, te has convertido en un ciudadano elegible por un país del “primer mundo” y, por tanto, de alguna manera, fantaseas con el hecho de que dejas de ser de segunda categoría en este país que te enseña constantemente que existen ciudadanías diferenciadas.

Tuve un tío —y digo tuve, porque ya no vive aquí— que se especializó en la década de los 90 en “asesorar” a la gente en sus aplicaciones a diferentes tipos de visa. Se volvió un experto, tanto que era una consulta obligada antes de sacar una cita en la embajada. Recuerdo que hasta asesoraba a la gente en su vestimenta, en sus maneras de comportarse, en sus respuestas: hablar solo lo indispensable porque el peruano pregunta y habla mucho, y eso a los “gringos” no les gusta, decía. No bastaba con los papeles, pues se sospechaba que muchos podrían ser falsos, había que demostrarlo con el cuerpo, con la mirada, con las palabras. La teoría diría que son “las tretas del subalterno”.


En los úlitmos años, las embajadas han subido sus tarifas, afinado sus sistemas por Internet y creado más mediadores letrados y especializados, pero, aun así, la gente sigue terca sacando citas y haciendo cola, aunque las crisis europea y norteamericana parecen haber creado el sistema inverso: ahora los de allá vienen a vivir y trabajar acá. Muchos de ellos jamás han sufrido ni sufrirán la humillación de resumir una vida vivida y sobrevivida en unos cuantos papeles, ni tendrán que demostrar su condición de sujetos. Me pregunto por qué nosotros tenemos que seguir haciéndolo.

jueves, 10 de mayo de 2012

LOS AMANTES ARDIENTES Y LOS SABIOS AUSTEROS


El poeta francés Charles Baudelaire, de quien se dice que amaba a los gatos, le dedicó tres poemas en Las flores del mal (1857) y otras menciones en sus escritos. Aquellos que —como yo— somos amantes de estos mininos, se lo agradecemos de todo corazón. De esos poemas, prefiero Les chats (‘Los gatos’): “Los amantes ardientes y los sabios austeros / Aman igualmente, en su edad madura, / Los gatos poderosos y dulces, orgullo del hogar, / Que como ellos son frioleros, y como ellos, sedentarios […]”. Por supuesto, Baudelaire no fue el único: ¿quién no recuerda al gato de Cheshire, que, mientras conversa con Alicia, se va desvaneciendo hasta dejar en el aire su irónica sonrisa, o los maravillosos dibujos de gatos de Edward Gorey?

Mi gato vino de casualidad, como caído del cielo, aunque —como todo gato curtido— había sufrido su temporada en el infierno. Era ya grande cuando llegó a casa, así que nunca estoy muy segura de su edad gatuna. El problema fue que no estaba castrado, y, como no podía salir del sexto piso en el que vivimos, decidió orinarse en cada rincón del departamento, luego en los exámenes de mis alumnos —aunque debo decir que en esto era sabio, pues algunos lo merecían—, hasta que finalmente lo hizo en el primer tomo de las obras completas de Cortázar. Ese fue el fin: con el dolor de mi corazón, lo llevé a la veterinaria para que lo castrara. Y así lo hizo. Se tranquilizó y decidió dedicarse a observarme mientras preparaba mis clases o dormir a mi lado mientras veía la televisión.

Tiene un rostro hermoso y es imponente. Semeja un tigrecito y, cuando le dan sus ataques narcisistas, se recuesta sobre mi trabajo y a ver quién lo saca. Otras veces, cuando tiene hambre, y me da muchísima flojera levantarme temprano, le da un manotazo a mis pilas de papeles, libros y chucherías, entonces todo cae a tierra, y me tengo que levantar. Es verdad, en casa, nos hemos convertido en los esclavos de ese pequeño dictador, pero es tan seductor el condenado que, mientras maldecimos, se estira —¡cuán largo es!— para que lo acaricies. Entonces, ¿quién podría odiarlo o injuriarlo?


Por supuesto, su instinto salvaje aparece constantemente. Es juguetón y, de vez en cuando, te da un buen zarpazo, por lo que mis brazos están llenos de rasguños, y hasta un alumno me preguntó el otro día qué me había pasado, quizá sospechando de un ataque amoroso o de un posible hurto. Los muebles de casa ya van quedando hechos polvo, pero en ningún momento hemos pensado en regalarlo y, por el contrario, nos desvela cuando se enferma y es el gran tema de conversación entre mi novio y nuestra amiga y vecina Adriana, quien tiene un lindo e hiperactivo gatito, Lucas. Me pregunto si nos estaremos volviendo viejos y locos, pero luego me digo que la gente se vuelve loca por tantas otras cosas viles que prefiero esta locura inocente de criar un gato.

De hecho, hay personas mucho más fanáticas que nosotros: lo veo cada vez que camino por el parque Kennedy. Observo cómo los cuidan, curan y alimentan, y salen al frente tan apasionadamente ante una masacre gatuna. Incluso, muchos defienden más la vida de un animal que la de un ser humano. Parece que los seres humanos nos han dado demasiados reveses: Baudelaire escribe en los Pequeños poemas en prosa que, si uno obsequiaba chucherías a los niños de la calle, estos se acercaban temerosos, las tomaban y se alejaban rápidamente, pues habían aprendido a desconfiar, como los gatos, de los hombres.


Publicada en el Semanario Siete el domingo 13 de mayo de 2012

domingo, 6 de mayo de 2012

EN NOMBRE DE LOS NN


En este país, desde que tengo uso de razón, han muerto muchos de todos los bandos, todos los rostros y todos los colores, y que alguien sea dejado morir por el propio Estado por el cual pelea no me sorprende. Me horroriza sí, pero no me sorprende que, en este país, un suboficial de la Policía, perdido a su suerte, sea encontrado muerto en un paraje de la selva. Eso le sucedió a César Vilca Vega, joven policía cuyo cadáver fuera hallado muerto el miércoles pasado por su propio padre con ayuda de nativos machiguengas.

Algunos se preguntarán por qué un padre cuyo hijo se acaba de enfrentar a las fuerzas opositoras al gobierno tiene que internarse en la selva e ir a buscar a su propio hijo. He leído en las redes comentarios indignados, y con justa razón, sobre esta nueva “hazaña” del gobierno, pero no estoy muy segura de que sea el gobierno de turno el único culpable de estas escandalosas omisiones, pues esta es una historia que viene de mucho antes: los batallones, en general, los han conformado los pobres y malcomidos, quienes, muchas veces, han escalado posiciones a fuerza de aprender de la vileza y viveza de sus superiores. Recientemente, durante el gobierno de García, se envió a policías a enfrentarse a la población civil en la zona de Bagua: el resultado —ya lo sabemos— más de veinte muertos entre policías y nativos, y, mientras ellos se desangraban, nuestros políticos limpiaban sus conciencias —si las tienen— comiendo crepes y tomando whisky.

Policías  y soldados que son puestos en el frente como carne de cañón para poner el pecho en lugar de sus jefes, aquellos que sí serán enterrados con honores y privilegios, que sí dejarán casas y carros y dinero a sus viudas porque —entiéndanlo—ustedes, en este país, no dejarán nada, sino solo una pena muy honda en sus seres queridos. En el Perú, los desposeídos, los subalternos, los ciudadanos de segunda clase siempre estarán en la parte trasera de esta tierra, ocultos bajo la selva espesa o tirados en un río sin importar de qué lado estén. Sería mejor no militar bajo el mando de un Estado corrupto e injusto que sacrifica la vida de los que se enfrentan en su nombre. Sería mejor no portar un arma en nombre de aquellos que no recogerán tu cadáver. Sería mejor, digo, exigir nuestros derechos conjuntamente desde este bando, el bando de los ciudadanos que deberían —deberíamos— ser una fuerza mucho más poderosa y resistente.

Impresión intervenida en serigrafía. Taller NN 1984-1989.

César Vilca tiene un nombre conocido y será enterrado y llorado bajo este mismo nombre por sus padres; sin embargo, ¿qué pasa con aquellos desaparecidos durante el conflicto armado interno, cuyos cuerpos siguen esperando reparación y justicia? ¿Cuándo serán posibles estas palabras para ellos? ¿Cuándo su familia podrá poner un nombre sobre sus lápidas? Nada más lejano de mí que hacer un alegato a favor de la victimización. No, este es un alegato por la justicia de ser enterrado con un cuerpo y llorado bajo un nombre. En la medida que nuestra memoria siga siendo corta y coyuntural, aquellos NN retornarán constantemente para recordarnos que aún están allí. La acción del padre de César Vilca nos muestra una y otra vez que es mejor no confiar en los de arriba, que hay otro más fuerte que tú dispuesto a dejarte morir. La indiferencia es de ellos, los del poder; no nuestra.

domingo, 29 de abril de 2012

MI QUILCA PERSONAL


Tenía 25 años cuando decidí dejar la seguridad de un trabajo bien remunerado, pero aburrido, para poner una librería en Quilca, en sociedad con Manuel Rilo, escritor y librero desde aquellos tiempos. Cuando llegué allí, Quilca ya había sufrido el despojo de su primera cuadra, la peatonal, repleta de libreros. Las viejas reuniones de revolucionarios, artistas e intelectuales empezaban a ceder un espacio alternativo y fecundo durante mucho tiempo. La tan mentada reubicación había llevado a sus pioneros a alquilar una playa de estacionamiento en la cuadra dos. Ahora, todos tendrían stands, el viejo hechizo se perdería, pero algunos como Paco (conocido en el medio como Paco de a Luca o Paco Quilca) decidieron arriesgarse y alquilaron un local. Era el año 1997, el local de Paco estaba frente al mío. Yo era, pues, una advenediza allí, pero llenamos de frescura ese momento: Meche Miranda pintó la puerta de nuestra librería con una imagen del pop art y trajimos libros y música más actuales. Ya saben, los libros no dan demasiado, así que sobrevivimos como pudimos hasta que un día nos robaron. Fin de ese proyecto, vuelta a la otra margen.

De ese tiempo, me han quedado numerosos y queridos amigos que siempre me reciben cálidamente y con una sonrisa: algunos de ellos todavía siguen allí como Ropero, que vende polos y música; Pedro Ponce ha vuelto mejor que nunca lleno de poesía; o Ángel, que sigue próspero en la venta de toys de colección. Han tenido que pasar por grandes crisis y adaptarse a los nuevos tiempos: del casete al CD y a la diversificación de rubros. Otros, como el Pelícano, volaron. Pero siempre merodean desde sus guaridas, en El Agustino, Paco y mi querido Danny Piraña, amigos de siempre. Además, están Cecilia Farromeque, lectora y aventurera de mundos; y Percy Pezúa, melómano que nos acompañó en esta aventura también. De esa época, fue El Averno. Eran nuestros vecinos, pues compartíamos la casa derruida que nos alquilaba uno de sus dueños. Ellos han persistido. De los desechos, el Negro Acosta y Leyla han construido un espacio para que los músicos, los poetas y cualquier artista manifieste su arte.

Yo era zanahoria para una Lima de la cual conocí sus vericuetos en lo que tienen de bello y monstruoso a la vez. De esa contradicción, me topé con Quiroga, “el buen ladrón”, y su pandilla. Eran tenderos, robaban en supermercados, siempre nos visitaban para contarnos sus aventuras. Eran los protagonistas de los libros que vendíamos, pero mucho más inocentes. Dejé de ser zanahoria, debía caminar por La Colmena nocturna con ojo de gato y paso preciso, pero también comprendí el alma humana en todo lo que tiene de contradictorio en este país, donde la mayor parte del tiempo estamos expuestos al hurto, el asesinato y la injusticia. Quilca era la mezcla de todo eso. Éramos jóvenes, y la represión había sido brutal en aquellos años. De vez en cuando, caía el Roy Santiváñez, poeta y amigo, en su época alucinada, pero conmigo siempre fue un gentleman. Conocí de esa época también a mi adorada y genial cronista Gaby Wiener.

Quilca sigue allí. La primera cuadra peatonal, donde reinaban músicos como Piero Bustos o Richard Silva de Del Pueblo, ahora es el boulevard del pollo a la brasa. La cultura siempre será una segundona bastarda. Felizmente, todavía hay gente que persigue el sueño a través del arte. Distan mucho de ser los emprendedores de moda, y son, más bien, los tercos, los soñadores; los que valen. 


Esta columna fue publicada hoy domingo 29 de abril de 2012 en el Semanario Siete

domingo, 22 de abril de 2012

MÍRAME QUE TE ESTOY MIRANDO (fotografía y deseo)


Hubo un tiempo en que quise dedicarme a la fotografía, incluso tuve un cuarto oscuro en la casa de mis padres, donde hacía mis propios revelados. Esa etapa terminó para mí, pero me quedan valiosas fotografías que han retratado personajes e historias convertidas ahora en parte del archivo de mi vida.

Ahora vuelvo a este tema motivada por la Bienal deFotografía de Lima. La instalación de la fotógrafa Sonia Cunliffe “Un hombre y una mujer ” en la galería de Euroidiomas en  Miraflores. Esta muestra viene acompañada por un lindo catálogo en miniatura con algunas de las fotos/postales que acompañan la muestra de la colección y archivo de Jorge Bustamante. La muestra cuenta una historia de amor y deseo entre un fotógrafo-voyeur, César, y Paquita, su enamorada y amante. La ruptura de ambos, por el matrimonio de Paquita, y el reencuentro en la vejez, reanuda el placer del encuentro clandestino con la misma fuerza de sus primeras citas, aunque ambos con un cuerpo menos brillante y joven. Los negativos y las fotografías en miniatura tienen como soporte un catre al que se han superpuesto lupas para que todos los mirones las husmeemos una por una. Así, con calma y con zozobra ante la sorpresa que emerge detrás de ellas.

Deseo y transgresión son dos palabras que podrían resumir esta muestra que retoma su vigor a partir del rescate de fotografías antiguas, en blanco y negro o sepia. Al exhibir estas fotos del primer tercio del siglo pasado, se actualizan el erotismo y la cercanía de la piel a través de los cuales se vive el goce de mirar y ser mirado: “Mírame que te estoy mirando”, le escribe César a Paquita en 1927 cuando su piel ya mostraba asperezas. Son cuerpos de otra forma y de otra belleza, marcados por la experiencia de una vida congelada por estas fotografías que irradían una extraña atracción, que nos acercan a nuestros más íntimos deseos y miedos. Vidas anónimas que gozan y ¡vaya que están gozando después de casi un siglo! y, ahora, bajo nuestra mirada. Vamos de un catre a otro, saltamos de golpe en el tiempo: de la lozanía a la decrepitud. Ellos fueron muy astutos, comprendieron que el sexo y el placer están más allá de los mandatos que pretenden gobernar nuestros cuerpos. Si algo tienen de obscenos es la impudicia al mostrarse en su plena desnudez. 


¿Cómo es el amor y el sexo en la vejez? Llenos de prejuicios pensábamos que nuestros abuelitos se sentaban a ver la televisión o a hacer el bordado. En estas imágenes está ampliamente detallado aquello que no se nos deja ver, pero que esta pareja ha decidido documentar a manera de fetiche, de motivación voyerista de su propio placer. Estas fotografías exponen la desnudez en todo su esplendor: con sus surcos, sus caídas y sus vestusteces. La carne se exhibe grotesca y abiertamente, sin maquillaje ni photoshop. Sin embargo, no nos engañemos, también hay un teatro en todo esto, el teatro del fetichista que ha querido registrar exhaustivamente el escenario de su propia sexualidad y sus rituales, sus cartas y sus dibujos eróticos.

Acostumbrados al consumo pornográfico y a la venta de cuerpos sanos y bellos, esta muestra nos invita vernos a nosotros mismos y hurgar en lo encorsetado de nuestro propio deseo. Susana Torres ha escrito en el catálogo: “Lo perturbador no está en el acto sexual desde lo vetusto, sino en la del acto fotográfico que lo prolonga hacia esa zona de nuestra libido en que nunca caduca el deseo”. La suscribo plenamente. 

Esta columna fue publicada hoy domingo 22 de abril de 2012 en el Semanario Siete

jueves, 12 de abril de 2012

¿NECESITAMOS UNA VOZ MÁS MASCULINA?


El título de esta columna cita las palabras del congresista Kenji Fujimori en el Congreso de la República el día 9 de abril. Inmediatamente, los congresistas de la bancada de Gobierno reaccionaron con la condena y el pedido de disculpas y retiro de la frase antes mencionada por parte del congresista de Fuerza 2011. ¿Qué fue lo que les molestó? En realidad, algunos ni siquiera pueden decirlo. Por otro lado, al ser increpado, Kenji habló de una cuestión de “género”, lo cual enredó aún más la situación. Yo creo que a los congresistas de la bancada nacionalista les molestó el hecho de que estuvieran diciendo que su líder no fuese lo suficientemente “viril” como para dirigir el país, tras la sospecha, “vox pópuli”, de que, en realidad, quien lo hace es Nadine Heredia.

Algunos comentaristas de TV han minimizado el asunto y opinan que esa discusión no es importante, que hay situaciones urgentes que deben resolverse en el país. Sin embargo, a mí sí me parece importante ir más allá de una frase que quiere pasar desapercibida y perderse en su pretendida inocuidad u ocultar su subterráneo sentido, y que tiene que ver con la construcción simbólica de nuestro país, que siempre ha descansado en la premisa de las voces fuertes y una larga historia de golpes de Estado y juntas militares durante la República.

La primera pregunta que habría que hacerse es ¿quién podría ser el representante de esa voz grave, fuerte, decidida que exige K. Fujimori? Si se pide algo es porque existe un modelo, un ideal que posee determinadas características. Una voz masculina está vinculada con la gravedad, la firmeza y la decisión. Lo contrarió sería una voz “femenina”: suave, confusa, sentimental, atributos esencialistas que se nos ha enseñado a reconocer a lo largo de nuestras vidas. Evidentemente, lo dicho por Kenji Fujimori es una apelación a la nostalgia de la era paterna —que se supone “clara” y directa—, una mención, sin duda, al padre: Alberto Fujimori. El día 5 de abril de 1992, cuando Alberto Fujimori salió en tecnicolor a “DI-SOL-VER” el Congreso, desde el que su hijo habla hoy, nos sumió en un discurso omnipotente, en el discurso de esa voz “más masculina” que sabe bien lo que hace y no duda, al punto que persiguió y expulsó a su esposa de Palacio de Gobierno y se coludió con el ladrón y asesino Vladimiro Montesinos. No obstante, esa voz autoritaria no solo estuvo encarnada y representada por Alberto Fujimori, sino también por varias de sus emblemáticas congresistas y el poder que se le otorgó a las fuerzas armadas.

Desde los años ochenta, de regreso a la democracia, nuestras “voces masculinas” han estado ligadas a un gran verticalismo: Abimael Guzmán y Alberto Fujimori construyeron organizaciones que, aunque con diferente motivación, se han sostenido sobre un discurso autoritario. Una voz masculina de ese tipo no necesariamente se vincula con la claridad, sino, muchas veces, con la opacidad que se esconde tras una aparente seguridad y firmeza. Ser claro no implica el grito ni la imposición, ser claro y ético nos puede conducir a un liderazgo y a un consenso.

Necesitamos más de voces claras y honestas, y no de esas “voces masculinas” que han hecho de la viveza criolla, el robo y la impunidad una virtud, que han creado torturadores como Telmo Hurtado a cambio de una pretendida “protección” o un discurso del “progreso”. Esas “voces masculinas”, impositivas, sin ética, son las que deben desaparecer de nuestro discurso como nación y deben ceder el paso a voces de diálogo y horizontalidad. 

viernes, 30 de marzo de 2012

ME LLAMO DANIEL ZAMUDIO (o contra los crímenes de odio)

“El muchacho sangraba por la nariz y por la cara. Alejandro le rompió una de las botellas en su cabeza, y, como ya estaba muy inconsciente, viene el Pato Core y le marca con el gollete una esvástica, que es signo nazi. Alejandro agarró una piedra grande que estaba ahí y se la tiró en la guata unas dos veces, después la tomó y se la tiró en la cabeza. Después, Fabián tomó la piedra y la lanzó como diez veces en las piernas de la víctima. Le hicieron como una palanca, y ahí se quebró, sonaron como unos huesos de pollo, y, como ya el muchacho estaba muy mal, nos fuimos cada uno por su lado”.

Esta es la declaración de uno de los agresores del crimen de odio más brutal hecho público en esta parte del continente, pero no es el único: más al norte, el asesinato del joven afroamericano Trayvon Martin ha generado polémica dentro de los Estados Unidos y fuera de este, debido a la impunidad en torno a este hecho, que ha revelado, una vez más, prejuicios y discursos racistas que recorren este país. Trágicas coincidencias: una semana después del asesinato de Trayvon, Daniel Zamudio caminaba por las calles de Santiago cuando un grupo de neonazis lo atacaron por su andar diferente, por mover las caderas a un paso que a sus torturadores no les gustó. Estos, no satisfechos con destruir y profanar su cuerpo, lo marcaron dibujándole una esvástica. Sus ejecutores decidieron que, en medio de la orgía mutiladora, había que dejar la huella, la marca, la firma del poder “normalizador” sobre el cuerpo. Daniel, tras haber agonizado casi un mes, murió este martes 27 a las 7:45 p. m., hora que nuestrxs hermanxs chilenxs –sobre todo aquellos activistas de la comunidad LGTBI‒ jamás olvidarán.

El término crimen de odio surgió a mediados de los años ochenta en los Estados Unidos. Se trata de un delito dirigido contra una persona o un grupo de personas, debido a su raza, religión, nacionalidad o identidad sexual. En el Perú, todos los días, aparecen en las noticias muchachas desfiguradas, quemadas o asesinadas por su parejas. A su vez, los grupos homosexuales son acosados, insultados y agredidos a cada momento. Según cifras del año pasado, difundidas por el Movimiento Homosexual de Lima (MHOL), en los últimos cinco años, fueron asesinadas 249 personas en el Perú, debido a su orientación sexual o identidad de género. A esa cantidad habría que sumarle todas las demás personas que han sido agredidas por ser mujeres, por hablar diferente, por su color de piel, por ser indígenas.

 ¿A quién le importa?

A mí me importa, y estoy segura que también a muchas otras personas que, como yo, se han sentido tocadas y rebeladas ante estos crímenes. No se necesita pertenecer a la comunidad gay o afrodescendiente para reclamar justicia en contra del horror. Tampoco es relevante que el crimen haya ocurrido en otro país, sino ponerse de pie contra la injusticia y no tolerar a los phillip butters que hablan desde su intimidación altisonante a favor de la violencia: “voy al nido de mi hija y si veo a dos lesbianas u homosexuales chapando [...] a la tercera ya los estoy pateando“. Las leyes contra la discriminación y su penalización son importantes y deben cumplirse, pero las leyes no cambian nuestros prejuicios ni nuestra frialdad frente a estos crímenes. Hoy, yo me llamo Daniel Zamudio en solidaridad con todas las personas que son perseguidas, discriminadas y acosadas en cualquier punto del orbe.

domingo, 25 de marzo de 2012

RUMBBB...TRRRAPRRR RRACH...CHAZ

E.P.S Huayco " Cojudos" (1980)
El martes 13 de marzo —un día antes de mi cumpleaños—, el señor Diego de la Torre nos dio un regalo humorístico propio del manual básico de la economía neoliberal, una perla de la opinología peruana escrita en el suplemento de Economía de El Comercio. Allí afirmaba que Vallejo ha influido negativamente en «el subconsciente colectivo de los peruanos. Por ejemplo, uno de sus famosos poemas empieza con la frase “yo nací un día en que Dios estuvo enfermo”. Con una actitud así no se crea algo grande [...] a nuestros hijos hay que decirles que han nacido un día en que Dios estaba contento y que el Perú es un país maravilloso».
                       
Amigo mío, estás completamente, hasta el pelo. Para empezar, la cita del verso del poema “Espergesia” va así: “yo nací un día / que Dios estuvo enfermo”. En poesía —como en todo—, debemos citar de forma precisa y no como se nos venga en gana, por cierto. Leer de manera literal el género que trabaja más con el lenguaje, es reducir su potencial filosófico y discursivo. En el verso de Vallejo, están presentes su reflexión de la crisis y la muerte de dios, así como su lectura de la tradición literaria que viene del malditismo francés. Si el columnista quiere encontrar humor en los versos vallejianos, también lo hay. Mi amigo, el poeta César Ángeles L., ha estudiado el tema del humor en la poesía peruana contemporánea, y, obviamente, nuestro César Abraham es imprescindible. Así, “Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo… / Quiero… / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca, / cuidar a los enfermos enfadándolos” podría ayudarle en su extraña concepción del tonto alegre peruano. A su vez, también se puede apreciar dentro del arte contemporáneo (Grupo Huayco, Grupo NN, Alfredo Márquez, entre otros) representaciones del poeta que subrayan otras facetas de su vida, su militancia y su producción poética.
"César Vallejo". Alfredo Márquez

Por otro lado, tanto en las redes sociales como en algunos medios periodísticos impresos, ha sido criticado duramente. Incluso el crítico literario Ricardo González-Vigil se ha manifestado al respecto calificando de estupidez y absurdo lo escrito por De la Torre. Sin embargo, pasada la la cólera o la risa, habría que ir un paso más allá, ¿qué gana De la Torre citando al poeta? Se entiende que nombrar a Vallejo –poeta indiscutible del canon nacional- da un cierto estatus por más que la poesía sea el rincón solitario de unos cuantos. Atacar al poeta, a través de la figura estereotipada del pesimismo y el codo sesudo de la fotografía, atraviesa la cuestión ideológica: tanto Vallejo como Ribeyro pusieron el acento en temas gravitantes que visibilizan nuestras diferencias sociales y culturales. La conciencia política vallejiana no solo se muestra en su adhesión al marxismo, sino en su poética solidaria, en su acercamiento al dolor y al sufrimiento del otro y en su propuesta utópica y afirmativa de la vida. Esta poética es insoportable al neoliberalismo mediocre y poco informado de dioses contentos (De la Torre tendría que explicar, también, cuál es ese dios feliz) y un país de las maravillas, que esconde las diferencias sociales y los conflictos de clase, raza y género en nuestro país. Vallejo es grande por su emotiva complejidad. Defender una imagen no estereotipada de su poética y su vida implica comprometernos con una lectura atenta y poco superficial de la política y la estética de nuestros tiempos. ¡Salud! ¡Y sufre!

Esta columna se publicó el domingo 25 de marzo de 2012

domingo, 18 de marzo de 2012

LAS BICICLETAS SON PARA LAS NOCHES DE VERANO


Este verano ha habido días esplendorosos; noches, sobre todo. Yo salgo por las noches a montar bicicleta, me gusta más. Si es de madrugada, mejor: hay menos gente, menos autos y no tienes encima un sol quemante que te agota a cada paso. Tienes, en cambio, a la noche, al silencio y a tu bicicleta. Recuerdo una película memorable que vi en la filmoteca de Lima: Ladrones de bicicletas (1948), película tristísima y tierna, ambientada en la Italia de la posguerra, en que la bicicleta se convierte en el vehículo necesario para que el personaje principal sobreviva a la pobreza y la escasez, pues obtiene un trabajo para pegar carteles con la condición de que tenga una; pero se la roban y allí empieza su tragedia.

Otra es la que se vive aquí. Quizá esté demás decirlo, por obvio, pero hay que repetirlo hasta que nos hagan caso: el uso de la bicicleta en Lima es peligroso para la vida. No se puede manejar bicicletas porque no hay vías señaladas, y las que hay, generalmente, no son seguras, y su circuito es restringido. Así que, o vas rodando por la vereda esquivando transeúntes y te cuidas de no caer a tierra por alguna puerta de garaje abierta de improviso, o te lanzas a las salvajes pistas limeñas y a ver qué sucede. Tampoco hay lugares para estacionarlas, y si los hubiera, seguramente nos las robarían. No hay salvación.

Es cierto que se han construido ciclovías en la Av. Salaverry y en la Av. Arequipa: pequeño triunfo logrado hace algún tiempo. En Miraflores —distrito en el que resido—, hay una ciclovía en el malecón, lo cual está muy bien, porque, además, te conecta con el mar. Sin embargo, en las calles, no hay vías para bicicletas. Todo está hecho y escrito para los autos. En Lima, los espacios públicos son caóticos y poco pensados para sus ciudadanos, y la mayoría de parques son pequeños y están enrejados aunque los domingos se cierra la Av. Arequipa para que los amantes de las bicicletas la recorran, y los que no tienen una pueden también alquilarlas. Además, si más gente usara este vehículo, su precio sería mucho más accesible para la mayoría. El fin de semana pasado, por ejemplo, un grupo de ciclistas convocó a una bicicleteada de cuerpos desnudos para llamar la atención sobre el poco uso de este vehículo en la ciudad, y subrayar los beneficios que podría traer no solo a los ciclistas, sino también a la ciudad: menos polución y contaminación sonora. En otros países, familias enteras salen en fila india manejando su bicicleta. Incluso los más pequeños practican su estabilidad en bicicletas sin pedales, avanzan solo con sus pies, poco a poco, y no tienen que aprender traumáticamente el equilibrio. En el Perú, hay personas que manejan bicicleta para cumplir con su trabajo: un jardinero siempre tiene una bicicleta o un triciclo, y much@s chic@s también la usan para hacer delivery.

No soy una militante del reino de la bicicleta ni pertenezco a ningún grupo similar —aunque quizá debiera—. Es más, soy una pésima conductora, cruzo sin más de un lugar a otro, y por eso pocas veces la uso como vehículo de transporte. A mí me gusta andar en bici porque sí, porque el viento me da en la cara, y porque no tengo que ir a ninguna parte ni alcanzar ningún objetivo específico cuando la uso. Me encanta subir y bajar por las pendientes y ver a las bicicletas solitarias en las calles. Es el único lugar donde puedo estar conmigo misma. No necesito nada más. 


Esta columna se publicó el domingo 18 de marzo de 2012 en el semanario Siete. 

domingo, 11 de marzo de 2012

FRENTE AL DOLOR DEL OTRO


Mi madre y mi hermana tienen cáncer. Cáncer = muerte; palabra gruesa que no se atreve a pronunciar cualquiera sin sentir un estremecimiento. Esta es la columna más dura que seguramente escribiré en mucho tiempo, pero también la más verdadera, la más humana. Yo sé de mi dolor. El dolor de los que estamos del otro lado, de los que todavía pertenecemos al bando de los cuerpos sanos aunque no perfectos. No sé el dolor de ellas. Solo lo veo, lo sospecho, pero saber el dolor del otro es imposible. Escribo esta columna para restituir de alguna manera la dignidad de sus cuerpos profanados por la enfermedad y la ciencia. 

Susan Sontag, escritora y ensayista norteamericana, luchó buena parte de su vida contra el cáncer, que se le presentó de diversas maneras  En 1978, publicó un libro fundamental para entender las metáforas que se aplican a ciertas enfermedades como la romantización de la tuberculosis y las metáforas militares vinculadas al cáncer. La enfermedad y sus metáforas es un alegato a favor de la dignidad de la persona enferma y en contra de las fantasías de miedo que generan algunas enfermedades. Ella señala que la metáfora más nociva es la militar: el cuerpo se concibe como un campo de batalla, y a ello también contribuyen las intervenciones de la ciencia para “combatir” el cáncer: quimioterapia, radioterapia, baños de cobalto, etc.

Más bien, en la actualidad, de un cáncer se puede salir airoso si este es detectado a tiempo. Mucho depende de los cuerpos y, sobre todo, del estado de sus almas. Mi madre la ha tenido dura: hace casi diez años tuvo que padecer la Seguridad Social y sobrevivir al maltrato y la humillación de sus enfermeras y burócratas. Porque no es solo que el cáncer te quite el sueño y te someta a un ejército de pastillas y quimioterapia —como señala Sontag—, sino que, en la Seguridad Social, se subraya hasta la náusea el dolor antes que la vida. Allí solo el terco sobrevive. Esa vez, yo vivía fuera del Perú, y me causaba grandes dosis de angustia vivir tan lejos. Hoy, que afronta otro proceso, vivimos en la misma ciudad, y, felizmente, el trato en el hospital ha mejorado.

Mi hermana y mi madre han debido entregar una parte de sus cuerpos para poder vivir. En general, un cáncer de seno no te hace perder la vida, pero resignifica la geografía de tu cuerpo. Debes enfrentarte a un vacío y a los temores propios de lo nuevo. Exacto, yo me sé el concepto, no conozco el dolor. La mayoría de ustedes, como yo, tampoco lo sabe. Mi hermana ha hecho pública su enfermedad en un gesto de solidaridad con otras mujeres que como ella han tenido miedo de hablar cuando sintieron esa bolita quemante en el seno. Es una valiente.

Escribo esta columna porque me es necesario y urgente rescatar a dos mujeres que me han servido de inspiración y transpiración a lo largo de mi vida; a dos mujeres, opuestas quizá en muchos sentidos a mí, pero cercanas también en todos los sentidos posibles. No es mi intención generar lágrimas ni pena, aunque penas y lágrimas hay y muchas, sino, más bien, quitar esos pesos mayores en ciertas partes del cuerpo de la mujer, sensibilizar sobre esas pérdidas a las que la ciencia nos somete, y denunciar el bombardeo publicitario de lo que debe ser un cuerpo sano y “femenino”. Busco acompañar a otros corazones que hoy se sienten como el mío: en la incertidumbre del dolor.



Esta columna fue publicada en el Semanario Siete el domingo 11/03/2012