jueves, 10 de mayo de 2012

LOS AMANTES ARDIENTES Y LOS SABIOS AUSTEROS


El poeta francés Charles Baudelaire, de quien se dice que amaba a los gatos, le dedicó tres poemas en Las flores del mal (1857) y otras menciones en sus escritos. Aquellos que —como yo— somos amantes de estos mininos, se lo agradecemos de todo corazón. De esos poemas, prefiero Les chats (‘Los gatos’): “Los amantes ardientes y los sabios austeros / Aman igualmente, en su edad madura, / Los gatos poderosos y dulces, orgullo del hogar, / Que como ellos son frioleros, y como ellos, sedentarios […]”. Por supuesto, Baudelaire no fue el único: ¿quién no recuerda al gato de Cheshire, que, mientras conversa con Alicia, se va desvaneciendo hasta dejar en el aire su irónica sonrisa, o los maravillosos dibujos de gatos de Edward Gorey?

Mi gato vino de casualidad, como caído del cielo, aunque —como todo gato curtido— había sufrido su temporada en el infierno. Era ya grande cuando llegó a casa, así que nunca estoy muy segura de su edad gatuna. El problema fue que no estaba castrado, y, como no podía salir del sexto piso en el que vivimos, decidió orinarse en cada rincón del departamento, luego en los exámenes de mis alumnos —aunque debo decir que en esto era sabio, pues algunos lo merecían—, hasta que finalmente lo hizo en el primer tomo de las obras completas de Cortázar. Ese fue el fin: con el dolor de mi corazón, lo llevé a la veterinaria para que lo castrara. Y así lo hizo. Se tranquilizó y decidió dedicarse a observarme mientras preparaba mis clases o dormir a mi lado mientras veía la televisión.

Tiene un rostro hermoso y es imponente. Semeja un tigrecito y, cuando le dan sus ataques narcisistas, se recuesta sobre mi trabajo y a ver quién lo saca. Otras veces, cuando tiene hambre, y me da muchísima flojera levantarme temprano, le da un manotazo a mis pilas de papeles, libros y chucherías, entonces todo cae a tierra, y me tengo que levantar. Es verdad, en casa, nos hemos convertido en los esclavos de ese pequeño dictador, pero es tan seductor el condenado que, mientras maldecimos, se estira —¡cuán largo es!— para que lo acaricies. Entonces, ¿quién podría odiarlo o injuriarlo?


Por supuesto, su instinto salvaje aparece constantemente. Es juguetón y, de vez en cuando, te da un buen zarpazo, por lo que mis brazos están llenos de rasguños, y hasta un alumno me preguntó el otro día qué me había pasado, quizá sospechando de un ataque amoroso o de un posible hurto. Los muebles de casa ya van quedando hechos polvo, pero en ningún momento hemos pensado en regalarlo y, por el contrario, nos desvela cuando se enferma y es el gran tema de conversación entre mi novio y nuestra amiga y vecina Adriana, quien tiene un lindo e hiperactivo gatito, Lucas. Me pregunto si nos estaremos volviendo viejos y locos, pero luego me digo que la gente se vuelve loca por tantas otras cosas viles que prefiero esta locura inocente de criar un gato.

De hecho, hay personas mucho más fanáticas que nosotros: lo veo cada vez que camino por el parque Kennedy. Observo cómo los cuidan, curan y alimentan, y salen al frente tan apasionadamente ante una masacre gatuna. Incluso, muchos defienden más la vida de un animal que la de un ser humano. Parece que los seres humanos nos han dado demasiados reveses: Baudelaire escribe en los Pequeños poemas en prosa que, si uno obsequiaba chucherías a los niños de la calle, estos se acercaban temerosos, las tomaban y se alejaban rápidamente, pues habían aprendido a desconfiar, como los gatos, de los hombres.


Publicada en el Semanario Siete el domingo 13 de mayo de 2012

2 comentarios:

  1. Lindo texto. Yo también soy amante de los gatos. Neruda tiene una preciosa Oda al gato.

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  2. Sí! Me encantaría hacer una compilación de poemas solo sobre gatos!

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