domingo, 19 de agosto de 2012

TIEMPO PASADO: A 20 AÑOS DE LA CANTUTA Y MÁS DE ACCOMARCA


Hace un año, una alumna me preguntó por qué debía saber sobre hechos ocurridos durante la guerra interna en el Perú, adujo que no era su época, que eran asuntos pasados, que ellos no eran responsables por esos hechos. Bien, la cosa es cómo sensibilizar a estas almas –que, por cierto, son muchas– sobre crímenes ocurridos durante el siglo pasado. Supongo que debe haber sido una de las preguntas que se hicieron los miembros de la CVR. Su respuesta a ello es el gran archivo de testimonios e historia que ha construido la Comisión, valioso para nosotros los letrados, pero con nulas expectativas de tocar fibras profundas en nuestra comunidad.

A propósito del recuerdo y la memoria, se acaba de inaugurar en la Galería [E] Star (Belén 1042) la muestra “La Cantuta en Nuestra Memoria”, curada por la antropóloga visual y activista Karen Bernedo, en la que se recuerda, a través de piezas de arte y objetos, la cronología del secuestro y asesinato de 9 estudiantes y un profesor de La Cantuta*; estudiantes que hace 20 años podrían haber sido como aquella alumna distanciada cínicamente del pasado. Coincidentemente, esa misma madrugada se conmemoraban 27 años del asesinato de 69 comuneros en la zona de Accomarca (Ayacucho) en el año 1985. El responsable de la masacre*, el mayor Telmo Hurtado, en reciente careo con uno de sus jefes ha dicho: "Yo no tengo nada que inventar. Usualmente, usted y los mandos superiores falseaban información sobre los capturados y eliminados. Apenas informaban el 10% de las bajas".

¿Dónde están esos cuerpos, esas bajas no contabilizadas? Estos crímenes cometidos durante nuestros “gobiernos democráticos” han ocurrido en diferentes espacios y contra diferentes sujetos: un día eran campesinos; otro, estudiantes. Unos por subalternos, otros por políticos. Todos éramos sospechosos. La democracia que practicamos es un régimen hecho de “babas” –como diría mi madre–; un entendimiento entre los que detentan el poder y quienes cada 5 años elegimos a los políticos que no responderán por lo que verdaderamente pensamos que es la democracia, es decir, igualdad ante la justicia, cuidado de la vida, dignidad, respeto por los ciudadanos, derecho a la discrepancia, etc. Por eso, cuando se conmemoran estos crímenes, me molesta sobremanera que aquellos que sobrevivieron a la muerte de sus familiares además tengan que demostrar constantemente que no eran “terroristas”. ¿Por qué si estamos en un estado de derecho, si vivimos en “democracia” debemos “limpiar” a quienes fueron asesinados extrajudicialmente mientras que a los culpables se les rebajan las penas?

Sobrevivimos a un tiempo de guerra, a un tiempo difícil, de convicciones que llegaron al extremo y crímenes horribles, pero también vivimos. Por eso, de esta muestra lo que más me gustó fue la exhibición de los recuerdos, de aquellos objetos que tienen un aire de familia; aquellos que te devuelven a  esos cuerpos secuestrados, cuerpos que jugaron, que se fotografiaron con los amigos. Esos pequeños rituales familiares, esos objetos privados como la trenza de la pequeña Bertila han sido puestos en un espacio relativamente público, porque hay madres, padres, hermanxs que necesitan que nosotrxs, los que estamos de este lado, sepamos que aquellos por los cuales han luchado tienen un nombre, y tuvieron una infancia y una juventud. Conmovedor fue también ver a los familiares presentes hablar entre ellos de los objetos, escucharlos recordar. Su presencia es testimonio vivo de que el amor y la dignidad están más allá de toda una historia de infamias. Desde esta columna, mi admiración y mi hermandad forever

*Sobre el Crimen de La Cantuta, además de Muerte en el Pentagonito de R. Uceda y El crimen de La Cantuta de Efraín Rua, puede ver el documental La Cantuta en la boca del diablo (http://www.youtube.com/watch?v=ciUe_l3hSYI&feature=player_embedded)
* Sobre la Matanza de Accomarca, puede leer el cómic Barbarie de Jesús Cossio y el informe de la CVR.


Esta columna fue publicada el domingo 19 de agosto de 2012 en el Semanario Siete

domingo, 12 de agosto de 2012

JAVIER HERAUD NO ES NINGÚN COJUDO


Esta semana el poeta Rodolfo Hinostroza hizo declaraciones polémicas en el blog NMM (Nosotros Matamos Menos). He leído, a través del Facebook, a mucha gente alabarlo por “ser directo y franco”. Lo siento, pero a mí la entrevista me supo bastante mal por ese tufillo de superioridad contra Renato Sandoval y Ricardo Silva-Santisteban, pero, sobre todo, por su visión simplista de la muerte de Javier Heraud. Hinostroza es un poeta excelente y, particularmente, lo aprecio y he escrito sobre su nouvelle Aprendizaje de la limpieza, pero cuando a nuestro poeta le dan una metralleta se dispara a sí mismo.

Serigrafía de Alfredo Márquez
 Ahora resulta que la vida y la muerte de Javier Heraud se explican por un supuesto “bullying” que sufriera en su etapa escolar. Dice Hinostroza: “Le hacían bullying al pobre Javier. Él es una de las primeras víctimas de bullying en el Perú. En el Markham siempre lo trataban mal, le metían cabe, le metían la mano, yo sé lo que son esas cosas, porque yo he estudiado en el Guadalupe, que era un colegio más bravo”. Es decir, que toda una vida vivida con intensidad, tanto en el campo artístico como en el político, se resume a una palta del “pobre Javier”.

El bullying es un término que ha acuñado la psicología para describir una situación bastante vieja entre los escolares, y que se ha expresado particularmente en los colegios de hombres, pues estos hace solo menos de 20 años definían su masculinidad demostrando ser no-mujeres; por tanto, mostrar cualquier “debilidad” era considerado un gesto de mariquitas. Recordemos nomás La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, donde esta situación se expresa a lo largo de toda la novela: el Esclavo es “el punto” de la clase, el sujeto sobre el que se posan todos los miedos del “hacerse hombre” en un colegio militar. Tanto pánico causa que finalmente es asesinado.

Es muy probable que, al igual que cientos de adolescentes, Heraud haya padecido este hostigamiento, pero ¿esto es suficiente para afirmar que su trágica muerte en Madre de Dios, en 1963, como integrante de la guerrilla se deba a esa herida no sanada a tiempo? Me niego a pensar que el poeta que publicó El río a los 18 años y ganó el premio Poeta Joven del Perú (que no se lo daban a cualquier cojudo) y cuya vida se fue perfilando poco a poco hacia un destino político pudiera responder solo a un tema personal. ¿Por qué querer tapar/esconder el lado político del poeta de El viaje? Como Hinostroza cuenta, Heraud ya sabía para qué iba a Cuba. Según su testimonio, era uno de los pocos que ya se había decidido a tomar las armas. Eran los años sesenta: la Revolución cubana, el Che, las utopías; el mundo se debatía en medio de la guerra fría, y la CIA ponía y sacaba presidentes en América Latina. Un joven sensible como Javier Heraud decidió dejarlo todo: su casa, su posición de clase, pensando en un mundo en que la justicia podía ser posible. El Perú era —es— un país predispuesto para el enfrentamiento, dada la opulenta riqueza de unos pocos y la vergonzante miseria de muchos. Antes de morir, escribió unas líneas a su madre: “Yo hubiese querido vivir para agradecerte lo que has hecho por mí, pero no podría vivir sin servir a mi pueblo y a mi patria. Eso tú bien lo sabes, y tú me criaste honrando y justo, amante de la verdad y de la justicia”.

Pero este es el país de los “vivos”, ¿no?



Esta columna fue publicada hoy domingo 12 de agosto en el Semanario Siete. 

domingo, 22 de julio de 2012

VIGILAR Y CASTIGAR EN EL PERÚ DE HOY (y de ayer)


Los funerales de Atahualpa. Marcel Velaochaga.


El martes 17 de julio se inauguró en la sala Luis Miró Quesada la muestra “Vigilar y castigar: breve historia de la censura del arte en el Perú”, que exhibe trabajos que fueron censurados de distintas maneras durante el último cuarto del siglo pasado. Así, se puede ver, entre otros, la Carpeta Negra, del grupo NN; el Kimono para no olvidar, de Jorge Miyagui; y Los funerales de Atahualpa, de Marcel Velaochaga, cuadro que subvierte el lienzo hecho por Luis Montero en la segunda mitad del siglo XIX. Me imagino a Los funerales expuesto en un espacio solamente dedicado a su exhibición y con una banca en frente para contemplarlo como se debe; es un lienzo tan rico y poderoso que exponerlo entre tanto material (igual de relevante, por supuesto) hace que pierda, de alguna manera, la profundidad y diversidad de su propuesta. Me parece importante que la muestra haya sido inaugurada en el intersticio de la celebración por los veinte años de dos acontecimientos terribles para nuestra historia contemporánea: el coche bomba de la calle Tarata en Miraflores y el secuestro y asesinato de nueve estudiantes y un profesor de la Universidad Enrique Guzmán y Valle-La Cantuta en el año 1992; eventos próximos a un 28 de julio poco promisorio y con sus muertos a cuestas también: César Medina Aguilar, Faustino Silva Sánchez, Paulino García Rojas, Joselito Vásquez Jambo y José Antonio Sánchez Huamán.

El cuadro de Marcel Velaochaga retrata de manera amplia los diversos discursos que se han superpuesto sobre la ficción y el deseo del cuerpo muerto del inca en el Perú. El silencio del inca hace “hablar” a una historia conflictiva y, en general, impune, que se enlaza con otros discursos colonialistas y hegemónicos que se han impuesto en el país a expensas de muchas vidas. Así, por ejemplo, si bien, desde el 16 de julio de 1992, en que explotara un coche bomba en la calle Tarata de Miraflores, muchos no hemos dejado de lamentar y recordar tal hecho; sin embargo, llegar a la verdad en el caso La Cantuta ha demandado una lucha larga y dolorosa por parte de los familiares hasta dar con los cuerpos de las víctimas (en realidad, nómina de huesos- Vallejo, siempre preciso) y el culpable mayor, Alberto Fujimori.


Bertila Lozano, Dora Oyague, Luis Enrique Ortiz Perea, Armando Amaro Cóndor, Robert Édgar Teodoro, Heráclides Pablo Meza, Felipe Flores Chipana, Marcelino Rosales, Juan Gabriel Mariños y el profesor Hugo Muñoz fueron secuestrados aquella madrugada del 18 de julio, llevados a un paraje oscuro, que se denominó La Boca del Diablo, en Huachipa, y allí fueron ejecutados por miembros del Grupo Colina, grupo dirigido por Martin Rivas. Luego fueron desenterrados, incinerados y vueltos a enterrar en la zona de Cieneguilla. La escena que más me impactó a mis veinte años fue el descubrimiento de un manojo de llaves en las fosas comunes de Cieneguilla en el año 1993. Allí, por primera vez, vimos el rostro de una de las mujeres que más ha luchado por encontrar la verdad en este país: la señora Raida Cóndor. Al abrirse el armario de su hijo Armando, el primer grito contra el poder se daba paso. 

Expediente Armando. Alfredo Márquez

Las Fiestas Patrias no se celebran con la obligatoriedad de banderas, monumentos pintados –o no– y libertadores de piedra, sino en la reflexión sobre nuestra historia y la justicia por la que debemos seguir batallando. El arte no es el único espacio de censura: también ha habido cuerpos censurados en este país, cuyo paradero es hasta ahora desconocido. Vaya a ver la muestra y a ve(la)r Los funerales, antes de que lo descuelguen. Vale.










Esta columna fue publicada, con ligeras modificaciones debido al espacio, en el Semanario Siete el 22 de julio de 2012.

domingo, 15 de julio de 2012

LOS OPERADORES PEDAGÓGICOS Y LA UNIVERSIDAD (II)


La columna del domingo pasado nació de una experiencia negativa: un mensaje desolador y amenazante que me envío a mi correo personal un alumno por no gustarle su calificación en una asignatura. Bien, espero que encuentre su solución y firme sanción prontamente en el fuero universitario. Lo que he repetido esta semana es que no creo que se trate de un hecho aislado y de que sí existen condiciones, en algunos espacios más propicios que en otros, para este tipo de reacciones. Por otro lado, también quise subrayar el carácter delictivo del mensaje, es decir, que no se trata de un problema profesorx-alumnx, sino de un problema que, para mí, es un síntoma de estos tiempos.

Hay cosas en el Perú, discursos que se superponen unos a otros y circunstancias que son inevitables de relacionar. Porque si unx joven de 17 o 18 años puede ejecutar tamaña acción, entonces, un presidente puede hacer silencio también, o unos policías hacer uso de su poder para atacar a una familia que quiere enterrar a sus muertos. Vaya, que todo eso me hace pensar, y mucho, en cuestiones que tienen que ver con la ideología y con las prácticas ciudadanas en este país. Hay una corriente bastante fuerte contra el pensamiento de izquierda, y no sin razón, porque —o bien se ha manifestado de manera violenta, o bien se ha posicionado de manera acomodaticia según el poder de turno—. La derecha no ha hecho menos, pero tiene en su ventaja una disciplina y una constancia envidiables, tanto que nos han hecho pensar que la ideología no existe, que la ideología es algo de lo que suelen hablar “aquellos izquierdistas”, pero la ideología está en todo y lo permea: por ejemplo, en nuestras relaciones profesorx-alumnx, y esta es una cara de la universidad que debemos tomar en cuenta de manera atenta.

Imagen de El Roto

La universidad, en general, en este país, ha sufrido grandes cambios en los últimos veinte años —como en la mayor parte de países de América Latina, y, no por nada, nuestros vecinos chilenos exigen educación gratuita y salen a marchar por ella—; sin embargo, estos cambios, a pesar de que han recalado en una relación mucho más horizontal entre profesores y alumnos, además de que muchos más jóvenes pueden acceder al nivel universitario  —lo que antes era bastante reducido y minoritario—, también han traído como consecuencia que los niveles de reflexión y sentido de la universidad se hayan relajado de manera sensible, dando paso a discursos de alto pragmatismo, que insisten en el éxito del individuo. Antes lxs estudiantes de una universidad de prestigio tenían un lugar y una presencia en las marchas nacionales, pero ahora nadie confía en la política. Así, el discurso del éxito y la autoayuda, sumado a ciudadanías diferenciadas, corrupción, espectáculo, falta de ética en la política y en los medios de comunicación, crea un escenario perfecto para que, en ciertos contextos, confluyan individuos cuyo sentido de la vida se manifiesta a través de una relación de patronazgo.

¿Qué rol nos toca a nosotros los docentes frente a estos nuevos escenarios? ¿Ceder ante ellos y convertirnos en meros operadores pedagógicos, o resistir? Son preguntas que me dan vueltas constantemente, pues ceder te hace la vida infinitamente más fácil, sin conflictos ni quejas de los estudiantes; pero de ninguna manera te sientes satisfecho como docente. Resistir es mucho más difícil y, muchas veces, incluso esquizofrénico en espacios que no están preparados para eso.

Por supuesto, este debate da para mucho más que dos columnas en una revista semanal. Es un debate que está por hacerse, así como tantas otras cosas en este país.


Esta columna fue publicada hoy domingo 15 de julio de 2012 en el Semanario Siete (www.siete.pe)

domingo, 8 de julio de 2012

LOS OPERADORES PEDAGÓGICOS Y LA UNIVERSIDAD (I)


Durante mi estadía en Londres como invitada a un festival de poesía, recibí, en mi correo personal, el siguiente mensaje de un tal Pedro García: “oe perra de mierda porque me jalas si yo tambien hize trabajo final de creatividad payasa TODO PORQUE ME TIENES COLERA” (sic). Por cierto, no tengo ningún alumno con ese nombre, pero sí he dictado ese curso en una universidad particular ubicada en Surco. Hace buen tiempo que estaba pensando en escribir una columna como esta, pues muchas cosas me han hecho reflexionar últimamente sobre mi trabajo como docente. Así, este e-mail me llegó para confirmarme —demasiado feamente— muchas ideas que tengo sobre la enseñanza universitaria en estos tiempos que corren. 

Mi primera pregunta es con qué clase de estudiantes estamos tratando; es decir, de qué manera la universidad está seleccionando a sus candidatos, porque, si el examen de conocimientos ha sido superado hace buen tiempo como prueba de ingreso, entonces, ¿qué valor se le da al área psicológica y de maduración emocional de estos alumnos? Por otro lado, el hecho de que yo sea mujer es un factor que también se debe tener en cuenta para medir el tamaño de la agresión, lo cual, por supuesto, nos sigue diciendo mucho acerca de los discursos masculinos que subyacen en nuestra sociedad.

Las universidades, por diferentes motivos, aunque generalmente es el mercado el que viene rigiendo también este ámbito, han ido construyendo un perfil que dice querer adaptarse al estudiante de hoy, pero me pregunto de dónde sacaron ese modelo, y si eso es lo que hay que darle a los chicos, sobre todo en este país, en el cual la educación es la última rueda del coche —¿o se basan en diagnósticos foráneos?—. Un estudiante aprende de mil maneras, y uno puede, si quiere, hacer uso de muchos recursos como el audio, el video, la Internet, etc., pero sacrificar los contenidos solo porque la clase debe ser “más entretenida” no creo que nos esté llevando a ningún buen puerto. En muchas universidades, los alumnos ya no conocen sus bibliotecas, y la palabra investigación es algo de lo cual jamás han oído hablar e incluso les saca ronchas a muchos. Ahora tienen que asimilar conocimientos con base en planteamientos didácticos dictados por un grupo de pedagogos, que, desde mi particular visión, solo ahondan la distancia que desde hace buen tiempo hay entre el colegio y la universidad, en el sentido que yo entiendo esta última: como espacio de discusión, creación e investigación. 

De esta manera, nos estamos convirtiendo en simples operadores pedagógicos, es decir, sujetos capaces de transmitir un conocimiento digerido, inventores de toda especie de PowerPoints maravillosos y artísticos que los alumnos ven como su salvación antes de ir a un examen y, aunque muchas veces me parece necesario apuntar dos o tres ideas en ellos, usarlos como suplemento del propio trabajo de investigación que un alumno debe hacer es hacerse cómplice de un sistema que los sigue manteniendo en la superficialidad y que, pocas veces, explora su sentido crítico. Obviamente, no puedo generalizar, pues he tenido alumnos maravillosos, interesados, inteligentes y sensibles en todos los lugares en los que he enseñado, aunque en algunos más que en otros, y por ellos es que también escribo esta columna.


Debo decir que no soy pedagoga, pero, la verdad, es que buena parte de lo que sé lo aprendí en las cafeterías, con los amigos, en la biblioteca, o en ciertas conversaciones de los maestros fuera del aula, pero eso queda para una siguiente entrega. 












Esta columna fue publicada en el Semanario Siete el domingo 8 de julio de 2012.

domingo, 24 de junio de 2012

2 EN SU KLOAKA


La derecha dura –dura, por necia, por ignorante- tiene un canal subterráeno, Willax, y una alcantarilla infame desde la que hablan -¿hablan?- dos sinuosos personajes de nuestra política, Rafael Rey y José Barba. Estos dos, en la emisión de su programa el 4 de junio pasado, comentaron burdamente el artículo que sobre el grupo poético Kloaka (1982-1984) escribió el periodista Ghiovani Hinojosa en la revista Domingo del diario La República, a propósito de la celebración de los 30 años del grupo en Petroperú.

Por supuesto, el artículo de Hinojosa poco dice de la calidad literaria y/o artística de los miembros del grupo, a saber: Mariela Dreyfus, Róger Santiváñez, Domingo de Ramos, Guillermo Gutiérrez, Edián Novoa, José Velarde, Mary Soto y Enrique Polanco. Con este último, empieza su crónica: “El pintor Enrique Polanco tenía ganas de incendiar el mundo. Se tambaleaba como un poseso por las calles de Lima con una botellita de ron en las manos. Era una tarde de 1982 (...). Por sus venas corrían litros de alcohol”. El periodista resalta la anécota, pero no ha comprendido que se trata de la celebración que el grupo quiere hacer de su propuesta poética y artística, no solo vivencial. Enrique Polanco, así como muchos de sus antiguos miembros, entre ellos, Róger Santiváñez, Mariela Dreyfus o Domingo de Ramos siguen con su labor artística, pintando y escribiendo, pero de esto no hay una sola palabra escrita ni tampoco del contexto violento con el cual convivió el grupo, salvo un poema de Mariela Dreyfus, “Post Coitum” de su primer libro Memorias de Electra.

No es que yo le pida al periodista un tratado literario ni una crítica a la propuesta poética del grupo, pero un artículo plagado de anécdotas provocadoras no dice nada –o dice mucho de mala manera- sobre el legado del grupo a la tradición poética peruana. Por supuesto, no niego que existió una bohemia y un deseo de ruptura, pero eso no define la totalidad de la propuesta. Sin embargo, de esto se aprovecharon Rey y Barba, para lanzar sus comentarios. Así, con desparpajo dicen: “Nadie en el Perú sabía que existía el grupo Kloaka” o citan frases del texto como “A veces comían de un mismo plato”, a lo que ellos agregan: “como las ratas”. El asunto es que a ellos el grupo Kloaka les interesa un pepino, incluso expresan majaderamente no conocerlo. Es una mera excusa para lanzarse contra lo que ellos consideran sus opositores ideológicos, el diaro La República y el presidente de Petroperú, Humberto Campodónico. Lo más espeluznante en este país de infamias es que Petroperú ha cancelado la celebración, con lo cual le da la razón a estos patéticos personajes.


La cosa aquí ya no es si Kloaka, dada su propuesta marginal, debería o no celebrar sus 30 años en un lugar institucional, espacio ideológico del Estado que siempre criticó. Ese es un cantar entre nosotros, aquellos a los que nos interesa verdaderamente la poesía. El punto es si vamos a seguir aceptando calladamente los detritos que la derecha quiere lanzar de manera baja, sin ningún nivel de debate, haciendo escarnio de poetas, cuya constancia y apuesta poética admiro, leo y critico ¿Hasta cuándo vamos a dejar que estos sujetos conviertan en basura cualquier cosa que tocan? Es momento de actuar, a través de la denuncia y la crítica constantes. Es momento de hacer una batalla directa y frontal contra la miseria intelectual en este país. Lo que más me indigna es que estos dos –y otros de cloaca parecida– tengan el poder de imponer su ignominia y su ignorancia sobre directores frágiles y democracias de papel.




Esta columna fue publicada el día de hoy, domingo 24 de junio de 2012 en el Semanario Siete (www.siete.pe)

domingo, 10 de junio de 2012

NOSOTROS LOS PODRIDOS, CONGELADOS E INCENDIARIOS


A mí lo que más me subleva de los problemas que están ocurriendo en Espinar y Cajamarca es que venga una camarilla de políticos y militares a decirnos que todo un pueblo que se ha congregado contra la minería sea un puñado de “revoltosos” y “extremistas radicales”. Déjense de cosas: si de extremismos radicales hablamos, ¿qué mayor radicalidad fría que un Estado no cuide a los suyos y el presidente se vaya a ver un partido de fútbol —perdido ha tiempos— para que nos olvidemos de los muertos en Espinar? ¿Qué más extremismo que se envíe a muchachos al VRAE y se les abandone a su suerte? Ya, pues, no nos sigan contando cuentos que ya estamos demasiado trajinados en esta llamada “democracia” de la República del Perú.

Nuestro presidente es un “amigo” que conoces en el Facebook o a través del Twitter, que, de cuando en cuando, se le ocurre mandar un mensaje para los que usamos estas redes, y para los que no, porque no tienen acceso, aparece en un asentamiento humano inaugurando obras de agua y desagüe como para que nadie diga que discrimina a las gentes del Perú. Otro que ha aprendido a usar las redes e ir a partidos de fútbol cuando el país enardece es el premier Oscar Valdés, quien, para demostrarnos su cultura en este país de incultos, podridos e incendiarios, nos cita al historiador Jorge Basadre. Me quedé pensando cuál de sus citas citables lo definirían: ¿una chacrita, la defensa de sus iguales, o una lluvia de bombardas en el cielo?

Pero volviendo a nuestro presidente. Ahora anda en encuentro cumbre, en Chile; sin embargo, las papas aquí queman, pues, y algo tendrá que responder, digo, porque ¿cómo le hacemos con los muertos semivivos, señor presidente: con la muchacha de Cajamarca que dejaron inconsciente sus policías, o el camarógrafo que desnudaron y golpearon ante nuestros ojos por quitarle una cámara? Si no se ha enterado, ya pasaron las épocas de dictaduras salvajes, aunque aquí todo lo justifican con la defensa de la democracia y el plan económico. ¿Es esa la gran transformación? Vaya, vaya.

Según lo que he venido escuchando en los medios de comunicación, para que la democracia persista en este país, debe caer todo el peso de la ley sobre esos revoltosos. En fin, son las cosas que siempre dicen y escriben nuestros medios de comunicación cada vez más cínicos. Pero, entonces, aquí habrá una masacre, porque no son “unos cuantos”, son muchos, muchísimos los que han tomado las calles de esos lugares. Y, como para agudizar más las contradicciones, los políticos los llaman “manipulables” o “revoltosos” y “radicales”, sujetos concebidos como meros receptores de ideas, como si el sufrido día a día no les confirmara que es justo lo que piden.

En nombre de esta “democracia” del Tercer Mundo, se han cometido muchas injusticias y crímenes. El día que la democracia sea, por fin, una palabra amplia y justa, y la ley no sea un mero yugo que se impone solo a quien conviene, nosotros, los incendiarios, podridos y congelados —o como quieran llamarnos—, seguramente dejaremos de escribir sobre estos asuntos. Antes de que eso ocurra, será bastante difícil que suceda, porque lo que ellos —los de arriba— llaman “diálogo”, en medio de un estado de emergencia y un alcalde en prisión, yo lo conozco con otros términos: imposición y amedrentamiento. Dudosa semántica la de los poderosos.

Nuestro "amigo" del twitter